La Paloma Cósmica

La paloma anidó en mi habitación. Sucedió esta tarde.
Desde hacía días venía comportándose extraña, se asomaba a la ventana y me quedaba minutos mirando como quien pregunta: “¿A qué hora te vas?”.
A las seis quedé perplejo. Sobre las almohadas un nido, redondo, perfecto y dentro de sí: tres huevecillos color salmón.
Vivo cinco años en este departamento -en un tercer piso- y jamás había sucedido un evento similar. Me puse a pensar: “¿Porqué?”.
En eso, un fuerte ventarrón proveniente del balcón levantó una polvareda que tiznó la sala y la cocina, e incluso, dejó secuela en mi dormitorio.
Ahí estaba la respuesta.
Hace tres semanas fue podado severamente -por la Municipalidad, es decir, por el Estado- el frondoso árbol que se yergue en el frontis de mi vivienda.
Y lo que hasta aquí parece una mera anécdota doméstica adquiere dimensiones globales.
Sucede que la civilización humana en su progresión tecnológica avanza poniendo en jaque al orden de la naturaleza.
Sucede que la civilización humana en su progresión tecnológica avanza poniendo en jaque al orden de la naturaleza.
En la línea de mi historia, una pobre paloma de un día a otro se halla sin espacio para anidar y su instinto le empuja a buscar al sitio idóneo más próximo.
No hay tiempo para dilatar: los huevecillos deben permanecer calientes para que las crías nazcan bien. Entonces ella -estudiosa, ingeniosa- determina que es mi mullida cama el lugar indicado.
Ya sabemos que desde que el humano es humano siempre ha tendido a marcar espacios cada vez más amplios sobre el mundo salvaje.
Ha construido ciudades y caminos, ha asfaltado los verdes campos e incluso ha penetrado el dominio de los mares con puentes e islas artificiales. Ha invadido los cielos. Y más aún, viene asentando su hábitat más allá de las nubes y de la propia atmósfera.
La naturaleza resiste nomás y se las arregla cuanto puede para mutar a nuevas formas de sobrevivencia.
La paloma pasa del árbol al edificio, lo mismo que muchas especies migran de hábitat y modifican sus costumbres.
De manera análoga, las fuerzas inanimadas cambian también: los ríos modifican sus cursos -y un dia ya no hay más Amazonas frente a Iquitos, por ejemplo-.
Así como los ríos, los mares y sus corrientes, el cielo y sus fenómenos, las formaciones subterráneas... Todo cambia.
La progresión acelerada de la tecnología humana en los últimos siglos -en especial el que acaba de terminar y el que principiamos hace menos de una década- está llevando a este nuestro planeta a una situación límite.
Situación en la cual, nosotros los humanos empezamos ya a vernos afectados y a cuestionarnos qué hicimos mal, qué hacemos mal, qué podremos hacer para que las cosas no sigan empeorando, y aún mas, para que mejoren.
Muchos enfoques abordan esta cuestión. Este es solo un artículo introductorio hacia una reflexión acerca de la Ecología y los Derechos Humanos.
En este mismo texto he utilizado algunas nociones que se prestan a la controversia. El mayor ejemplo de ello ha sido el hablar de lo humano como si estuviese disociado de lo natural. No creo que tal cosa sea así, pero ha sido una metáfora necesaria a manera de punto de partida.
En próximos artículos expondré mi visión y propuesta general acerca de esta temática que no por casualidad ha tomado como emblema a la Paloma.
Ella representa a la Paz y aquí más allá de la Paz entre humanos, quisiera emblematizarla como la Paz del Cosmos humanamente asible.
Gracias por su atención.


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