el juan fran

Friday, November 27, 2009

La Censura




Con el debido respeto a quienes han padecido cárcel, persecución, muerte por el mero hecho de expresarse libremente, aquí va modestamente una reflexión personal acerca de la censura.


Hace un par de años escribí un artículo que hube de autocensurar debido a que podía herir la sensibilidad de los deudos.

Me dolió. Detesto la censura. Para mí es como una forma de asesinato, porque implica matar algo de nuestra humanidad tan esencial como es la libertad.

Y la autocensura es como un suicidio.

No me arrepiento de las palabras que le dediqué al difunto porque fueron -desde mi punto de vista- justas por lo sinceras y por lo pertinentes.

Su muerte me hizo sentir aliviado. Muy aliviado. Tanto como que alguna vez deseé matarlo. Así mismo.

Año y medio después, fui censurado por una organización a la que aprecio: me refiero a Amnistía Internacional (AI) de quien recibí una censura grosera.

Y digo "grosera" porque me porfiaron que no era una censura sino una "retención de información" (sic).

El caso es que fui elegido democráticamente para nuestra Asamblea Mundial (RCI, en nuestra jerga) y al regresar del evento y querer publicar mi Informe, la persona encargada se rehúso a hacerlo, recibiendo en este acto el apoyo de las más altas autoridades de AI-Perú.

Al final, el Informe fué publicado, felicitaciones mediante. ¿O debo decir hipocresía mediante?. No sé, el hecho es que me dolió.

En todas partes se cuecen habas, gran verdad, los defensores de derechos no son (¡no somos!) unos santos ni tenemos porqué serlo. Lección aprendida.

Los educadores bienintencionados (y los otros, claro está) tampoco son unos santos. Esa lección ya la había aprendido antes, pero vale la pena recordarla por todas las censuras recibidas en los centros educativos por los que pasé (y por motivos extra también)

En el caso de AI, se trata de defender la libertad de expresión, pero teniendo mucho cuidado con lo que se dice. Si suena inconsistente la aseveración, es porque representa tal cual a una de las varias inconsistencias de la Organización.

En el caso de la Educación recibida, sí, la libertad de expresión era valorada pero "al servicio de X". Es decir no tenía valor en sí misma, en tanto elemento fundamental para la formación de individuos de mente y alma abierta sino que valía en tanto útil para "X".

¿Y que era "X"?: pues el servicio a la Sociedad, a la Nación, a la Patria, al Pueblo, a dios (sí, con minúsculas, porque creo que mis educadores-censores tenían una noción pervertida de Dios).

Mal pues. La Libertad pura no existe, así que no hay que temer a ese supuesto "libertinaje" que lleva al egoísmo. La Libertad tiene dimensión social siempre y es por ello que el individuo en proceso de liberación tarde o temprano se acerca a las causas nobles de servicio al prójimo

Claro, que los procesos suelen ser erráticos, pero preferible es errar y aprender, que "hacer lo correcto" y no saber discernir el día que uno tenga que hacerlo "de motu proprio".

Afortunadamente, en mi Familia aprendí el valor de la Libertad de Expresión y estoy preparado para hacer frente a los censores desencaminados.

Lo que la escuela, la sociedad civil y la opinión pública (hay que decirlo, vivo rodeado de una opinión pública en buena medida represora, y quizá Usted lector también: vea nomás las reacciones en contra que suele recibir quién se atreve a pensar en voz alta) no me enseñaron, lo aprendí en la Familia.

Mi madre, mi padre siempre estimularon el ejercicio crítico de mi voz, y si alguna vez no lo hicieron, por lo menos guardaron el prudente silencio de quién no quiere interrumpir al hablador y pensante. Y lo mejor de todo, me escucharon y me escuchan (aunque no siempre me entiendan, el gesto de por sí ya vale).

En otros espacios censura he recibido, pero no quiero hablar de ellos. A mí me gusta criticar lo que más quiero y en la medida de lo necesario no ocuparme de lo no querido.

Pero puestos a dejar constancia: que suenen las campanas y que horaden la Avenida Brasil los tanques. Que icen banderitas, que pongan garitos de control en líneas imaginarias. Que se inflamen, que griten e incluso que lloren. Que me ataranten con sesudas teorías. Que me cuenten todos esos cuentos que se llaman "historia".

No les temo a ellos, aunque eso sí, soy prudente por la gran razón que debo permanecer en buen estado a fin de ayudar a los demás.

Claro, que cuando más opción no queda, tengo que hacer un sacrificio. Ya lo he hecho y volveré ha hacerlo de ser necesario.

Podría decir que no me arrepiento pero eso no es del todo cierto. De algunas auto-censuras, como la citada al inicio de este artículo, me arrepiento parcialmente.

Igual, seguiré defendiendo la libertad propia y ajena. Es uno de los móviles que le dan razón a mi existir.

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