Pausa
Un hombrecito sonríendo absurdamente, imaginando el invierno en pleno verano, imaginando la felicidad en medio de la bulla de la ciudad, imaginándose a sí mismo cuando apenas si puede reconocerse.
Una banca en un parque. Una cama con mil aromas. Una vereda resquebrajada. Un balcón y un vacío. Una ciudad y un mar. Una puerta como tantas. Un hombrecito haciendo como que hace, haciendo como que es.
Piensa que podría morirse mañana y se obliga a estar alegre.
Se siente enamorado, no sabe bien de qué o de quién. Pero enamorado.
Inventa vidas para en algo creer.
Un hombrecito y su circunstancia.
Recuerdos en su mente que se le antojan caóticos, hermosos, espantosos, sublimes, propios y ajenos... todo a la vez, cual garúa inclemente que discurre siendo y no siendo: humedad y lluvia al mismo tiempo.
Piensa en el futuro, sonríe. Sin entender, sonríe. Absurdamente, pues, sonríe.
Y su sonrisa se le antoja como una gaviota que surca el cielo con rumbo al mar.
Entonces oye el rumor de las olas agitando los acantilados.
Los acantilados de Lima.
Una banca en un parque. Una cama con mil aromas. Una vereda resquebrajada. Un balcón y un vacío. Una ciudad y un mar. Una puerta como tantas. Un hombrecito haciendo como que hace, haciendo como que es.
Piensa que podría morirse mañana y se obliga a estar alegre.
Se siente enamorado, no sabe bien de qué o de quién. Pero enamorado.
Inventa vidas para en algo creer.
Un hombrecito y su circunstancia.
Recuerdos en su mente que se le antojan caóticos, hermosos, espantosos, sublimes, propios y ajenos... todo a la vez, cual garúa inclemente que discurre siendo y no siendo: humedad y lluvia al mismo tiempo.
Piensa en el futuro, sonríe. Sin entender, sonríe. Absurdamente, pues, sonríe.
Y su sonrisa se le antoja como una gaviota que surca el cielo con rumbo al mar.
Entonces oye el rumor de las olas agitando los acantilados.
Los acantilados de Lima.

